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Carlos Marrufo.

Fácil como hasta los doce años pensé que mi abuela, la traga, la hormiguita, se llamaba Elia. Supe que era mala para el ajedrez cuando desde los ocho le sentencié un mate.
  De muy pequeños, íbamos las cuatro balas con el misil mayor, en bici, a pata o en “la camiona” estándar (como ella le llamaba), frenando y acelerando en pleno Centro mientras rebotábamos contra nosotros y el parabrisas cagados de alegría. Siempre había una aventura que vivir. Era fuerte la tortuga, vencía osos siberianos y nos engañaba que pieles baratas, de esas que venden en la 10, eran trofeos de encuentros a muerte con fieros animales de sus diversos viajes sobre todo en Centroamérica. No los mataba por gusto sino para salvarse y salvarnos. Después supimos.
Los cuatro contra ella salíamos disparados de nalgas recibiendo sus certeros y poderosos almohadazos que nos lanzaba sin piedad. Jugábamos baraja española, ella juntaba cientos de centavitos para que el juego “tuviera chiste”, apostábamos, a la hora de castigar era implacable, nos jalaba las trompas a veces con trampas, sl quedaban copas, nos enterraba espadazos y, sus bastazos nos moreteaban los pequeños brazos. Para cada castigo un chistoso ademán, todo era risa aunque doliera, había justicia, palabra, teatro y verdad. La abuela Elia era ninja- ¡Ahí está, ahí está! - gritábamos jubilosos mientras señalábamos la pantalla del cine y las otras familias nos mandaban a callar -¡Esa es mi abuela!- Nunca creímos en los reyes magos m en Dios pero que tal presumíamos a nuestros compañeritos que habíamos dormido con quien ni saben quién... Sigilosa, esperaba a que nos hiciéramos los dormidos, se disfrazaba, subía por la azotea, desde arriba hacía giros, ruidos, se descolgaba y descolgaba paños en ventanales que fueron nuestros primeros títeres de sombra con luz de media luna. Á la abuela nunca le dieron miedo las alturas.
La tragaleguas era amiga del agua y los animales, amaba a los perros y ellos a ella. Tuvimos un pastor alemán el cual regresaba muerto de sus paseos interminables en que hacía comunidad y despilfarraba sus centavos en propinas y limosnas onerosas. Niños de la calle, indigentes, marchantas, 1ban a su encuentro.
-Vengan vengan, párense chamacos huevones- Risa, agua o almohada en mano no había que chistar. -Acabo de descubrir... ya verán-.
Caminábamos horas los cuatro, el perro y ella, todos sueltos y contentos. Kilos de plátanos pasó a comprar, ay abuela no queremos tanto plátano y se ponía a bailar como gorila. Por las inmediaciones de la colonia popular, al borde de un extenso terreno de pronto nos sorprendió con un melodioso y melismático caaaaaabaaallitoooovosss! Mientras el perro, que ya reconocía el terreno, había sorteado la reja. A lo lejos un sexteto de caballos correteados por “el Lobo” acudía a su festín de bananos que al principio con miedo les surtíamos entre la textura metálica.
La abuela era ágil, veloz, distraída, generosa y suicida. La vimos caerse infinidad de veces. Zotacazos decía ella mientras se retorcía de risa y dolor en el suelo, tierra, lucha o alcantarilla. Uno subía la mirada y ya no estaba de pronto, ya se sabía donde buscarla. Abajo, donde siempre quiso y supo estar. Siempre tropezó con la izquierda. Yo creo por eso, los raspones nos dan más gracia que tristeza. No entendíamos porqué las tías le decían Gela. No nos gustaba que sus pacientes la nombraran Ángeles o María, creíamos que era porque a más de uno salvó de la muerte, el embarazo no deseado o la obesidad, se nos hacía injusto que esos gestos se le atribuyeran a la Inmaculada. Otras personas, admiradas por nuestros padres y madres, le llamaban de otros modos. Para nosotros era Elia y era más verdadera. Su acta de nacimiento nunca fue papel de fiar, festejaba dos o tres cumpleaños diferentes porque sufrió otras vidas y necesitó de otros nombres. -¿Pero papá porqué la abuela festeja en mayo y... también en junio? -Está loca tu abuela hijito-. Ella contenía el festejo de un batallón entero.
Seguramente se confundía de nombre como se confundió de hombres. Le conocimos muchos y le mataron otros.
Siempre andaba buscando sus llaves y siempre sus hijos la regañaban por andar perdiéndolas. Como un torbellino desordenaba todo lo que de por sí ya estaba desordenado y mientras buscaba, se sumergía en soliloquios y autoinsultos. Su escritorio era un mar de medicamentos, papeles, aretes, frascos, jeringas, fotografías, recetas, bolígrafos que no servían, remedios. Iba de uno en uno probando suerte, eran objetos arrojados al aire acompañados con onomatopeyas que simulaban su vuelo, su chance, despreocupadamente. Así era la abuela, cuando según ella arreglaba su cuarto (que siempre estaba desarreglado) era una revolución. Aventaba todo al armario y debajo de la cama, revolviendo ropa limpia con la sucia, baumanómetros, recuerdos, esponjas y agujas de acupuntura. Le valía que nosotros, sus nietos, sus cómplices, supiéramos que desobedecía los regaños de sus hijos. Yo creo poreso, su Alzheimer de los últimos años no nos agarró desprevenidos, a ella nunca se le olvidó desordenar la Rebeldía. Nos enseñó a ser pícaros, creativos y desobedientes.
A ella la conocimos libre, soltera y coqueta. Independiente. Era nuestra cuentacuentos preferida y lo fue de muchos cuentos que después comprendimos eran necesarios y eran de injusticias, explotación y muerte. Hasta las tragedias nos las fue contando con divertimento y payasadas. Los funerales solemnes eran su mejor recinto porque ahí la vida está prohibida. Nos llamaba en susurros y nos tiraba su mejor chiste. La abuela se burló de lo prohibido, de la muerte, de la suya propia. Ella predicaba con el ejemplo.
La última vez que jugamos, la tenía acorralada, se sabía perdida. “Chíngalo” dijo serena pero preocupada cuando vio al otro caballo amenazado de muerte. Lo tomó dulcemente y dio su salto más grande. Se marchó relinchando. Se fue matando canallas con su cañón del futuro. Iba muy alegre.
*Relato en memoria de Elia Orduña, elaborado por uno de sus nietos. Elia también Ángeles, Raquel, mujer, médica, madre, abuela viuda, Sempre,militante desde abajo en organizaciones de la izquierda revolucionaria e internacionalista. Nuestro homenaje a nuestra querida zenzontlera.

Categoría: Latir del Pueblo
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