El latir del pueblo

El gran despecho
Continuidad del camino
En el corredor de la lapidación
Juana Feliciana y Juana, las mujeres de Teotitlán del Camino, Envenenadoras.

2 de octubre (1811) no se olvida.Las mujeres de Miahuatlán

Fragmentos tomados de Adictas a la insurgencia, de Celia Palacio.

[] Desde que las vieron venir supieron que era cosa seria. Adelante venía Cecilia, la Bustamante, con las greñas sueltas. Clarito se podía ver que la rabia le venía comiendo las entrañas, nomás de oír la sarta de groserías repartidas a diestra y siniestra contra los gachupines que habían tomado las casas reales como cuartel general…

Cada una traía un machete en una mano y una tea encendida en la otra, en medio del barullo nomás se oía que querían matar al capitán.

Pioquinta Bustamante, hermana de Cecilia, con el chongo deshecho, parecía una furia infernal a la luz de las antorchas, gritando, con un cuchillo en la mano, que los iban a matar a todos.

-¿Qué mosca les picó a esas viejas?- preguntó otro de los fumadores desde el privilegiado punto de observación del segundo piso del cuartel.

-¿A poco no te lo figuras? Ha de ser porque encerramos a los traidores- respondió el tercero.

-¡Adió! Nomás eso nos faltaba! ¡Que vinieran sus viejas a sacarlos!

El día anterior habían sorprendido a treinta soldados de la compañía llevándoles parque a los hombres de Manuel Rodríguez, conocido en toda la región como insurgente. Lo más probable era que se fueran a pasar todos al bando enemigo. Por eso, y sin perder un momento, el capitán y teniente junto con el resto de la compañía los habían traído presos al cuartel. Nomás estaban esperando la orden superior de Ejutla para pasarlos por las armas.

Rosa, la Patiño, esposa del herrero Joaquín, fue la primera que se hizo oír en medio de la gritería.

-Abran la puerta, cobardes! ¡Que venga el capitán si es hombre!

A machetazos, entre maldiciones, las furiosas mujeres de todas las edades que componían la turba lograron derribar el vetusto portón apolillado.

Al ser informado por el soldado José del Pino, el teniente Rafael de la Lanza dio órdenes de tomar la espada y matarlas.

-Son más de cien, mi teniente- dijo Del Pino, atemorizado.

-¡Doscientas que fueran! ¿Te vas a dejar asustar por unas viejas?

La orden resonó desde el fondo del pasillo, pero los soldados se estuvieron quietos, sin moverse, aterrados.

Las mujeres aprovecharon para tomar el cuartel. Pascuala, de la hacienda de monjas y madre de un soldado que se llamaba José Antonio Vázquez, con machete en ristre, llegó hasta la sala de armas y con un golpe voló la cerradura.

Mónica González, del pueblo de San Ildefonso Amatlán, mujer de un soldado de esa compañía, les tiraba piedras sin cesar a los soldados; parecía traer toda la pedrera en las enaguas levantadas a guisa de costal. Y no dejó de hacerlo ni cuando uno de ellos le dio un guantón que la lanzó contra la pared.

Mientras los atacantes mantenían a raya a los atemorizados soldados, Cecilia corrió hasta el improvisado calabozo en la planta alta y liberó a los presos.

[Pascuala] A golpe tendido, encabezó la marcha de las mujeres que habían subido en la grupa del caballo a sus hombres: sus maridos, sus hermanos, sus hijos... y a otras mujeres que, con una sola carcajada, se perdieron en la noche más allá de las llamas del cuartel realista.

El gran despecho

Roque Dalton

País mío no existes

sólo eres una mala silueta mía

una palabra que le creí al enemigo

antes creía que solamente eras muy chico

que no alcanzabas a tener de una vez

Norte y Sur

pero ahora sé que no existes

y que además parece que nadie te necesita

no se oye hablar a ninguna madre de ti

Ello me alegra

porque prueba que me inventé un país

aunque me deba entonces a los manicomios

soy pues un diocesillo a tu costa

(Quiero decir: por expatriado yo

tú eres ex patria)

Continuidad del camino

Cuando alguien muere, cuando su tiempo acaba, ¿mueren también los andares, los deseares y los decires que se han llamado con su nombre n este mundo?

Entre los indios del alto Orinoco, quien muere pierde su nombre. Ellos comen sus cenizas, mezcladas con sopa de plátano o vino de maíz, y después de esa ceremonia ya nadie nombra nunca más al muerto que en otros cuerpos, con otros nombres, anda, desea y dice.

Eduardo Galeano, ESPEJOS.

En el corredor de la lapidación

Nazanín Amirian

Público

Las heridas de los 99 azotes que recibió por todo su cuerpo no se han cicatrizado aún, y el terror de ser apedreada le corta, nos corta, la respiración. Aun hay vida en su cuerpo y algún destello de esperanza en su corazón, de que la presión internacional y la piedad de sus verdugos, le permitiera vivir para cuidar de sus hijos. Sakine Ashtiyani, iraní de 43 años, forma parte del grupo de nueve personas, mujeres y hombres, todos de la clase trabajadora, condenados a morir apedreados, acusados de delitos sexuales como adulterio, sodomía, la prostitución, o amar sin permiso de las autoridades religiosas.

Más que una exhibición de la falsa moralidad de los que tirarán la primera piedra, o un castigo ejemplar a una mujer que se ha atrevido a burlarse del totalitarismo de una teocracia que reglamenta hasta el último rincón de la vida privada de sus ciudadanos, dichos actos talibanianos, tienen el propósito de sembrar el terror y someter a la población, enseñarle dientes, ante una acreciente crisis de legitimidad que sufre.

A pesar de que en ninguna parte del Corán aparece la lapidación, este castigo preislámico cuenta con una macabra ceremonia, en la que hasta el tamaño de las piedras está estipulado para infligir el mayor dolor a las víctimas, en su 90% mujeres.

La peculiar inquisición que gobierna hoy Irán, si bien nunca fue una «república», hace tiempo que ha dejado de ser «islámica» para convertir a Irán en el segundo país del mundo en número de ejecuciones. No hay precedente para tanta crueldad en la milenaria cultura persa. El castigo a una mujer acusada de «atentar contra la honra de la familia» no ha sido más que la habladuría de los convecinos o el repudio del marido.

Sakine ha sido torturada y vejada durante interminables días en una celda en la que habrá garabateado con las uñas el nombre de sus seres queridos y sus últimos deseos. Algunas que la habitaron antes se suicidaron o murieron por infarto, queriendo privar a los verdugos el espectáculo, y aun así los guardianes de la moral lanzaron piedras contra sus cadáveres.

¡Cuánto es capaz un ser humano de remontar el dolor infinito y la pavura apoyado en un breve destello de esperanza! Estamos a tiempo, aún.

Firmar en la página de Amnistía: http://www.es.amnesty.org/actua/acciones/iran-lapidacion-mujer/

Juana Feliciana y Juana, las mujeres de Teotitlán del Camino, Envenenadoras.

Estas dos mujeres cuyos apellidos no se conocen, fueron fusiladas por José Ramírez Ortega, capitán del batallón provincial de la ciudad de Oaxaca, en septiembre de1819 en Teotitlán del Camino, por sospecharse que hacían tortillas envenenadas para los realistas (soldados de la colonia).

Celia del Palacio: Adictas a la insurgencia. 2010.



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