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Cada una traía un machete en una mano y una tea encendida en la otra, en medio del barullo nomás se oía que querían matar al capitán.
Pioquinta Bustamante, hermana de Cecilia, con el chongo deshecho, parecía una furia infernal a la luz de las antorchas, gritando, con un cuchillo en la mano, que los iban a matar a todos.
-¿Qué mosca les picó a esas viejas?- preguntó otro de los fumadores desde el privilegiado punto de observación del segundo piso del cuartel.
-¿A poco no te lo figuras? Ha de ser porque encerramos a los traidores- respondió el tercero.
-¡Adió! Nomás eso nos faltaba! ¡Que vinieran sus viejas a sacarlos!
El día anterior habían sorprendido a treinta soldados de la compañía llevándoles parque a los hombres de Manuel Rodríguez, conocido en toda la región como insurgente. Lo más probable era que se fueran a pasar todos al bando enemigo. Por eso, y sin perder un momento, el capitán y teniente junto con el resto de la compañía los habían traído presos al cuartel. Nomás estaban esperando la orden superior de Ejutla para pasarlos por las armas.
Rosa, la Patiño, esposa del herrero Joaquín, fue la primera que se hizo oír en medio de la gritería.
-Abran la puerta, cobardes! ¡Que venga el capitán si es hombre!
A machetazos, entre maldiciones, las furiosas mujeres de todas las edades que componían la turba lograron derribar el vetusto portón apolillado.
Al ser informado por el soldado José del Pino, el teniente Rafael de la Lanza dio órdenes de tomar la espada y matarlas.
-Son más de cien, mi teniente- dijo Del Pino, atemorizado.
-¡Doscientas que fueran! ¿Te vas a dejar asustar por unas viejas?
La orden resonó desde el fondo del pasillo, pero los soldados se estuvieron quietos, sin moverse, aterrados.
Las mujeres aprovecharon para tomar el cuartel. Pascuala, de la hacienda de monjas y madre de un soldado que se llamaba José Antonio Vázquez, con machete en ristre, llegó hasta la sala de armas y con un golpe voló la cerradura.
Mónica González, del pueblo de San Ildefonso Amatlán, mujer de un soldado de esa compañía, les tiraba piedras sin cesar a los soldados; parecía traer toda la pedrera en las enaguas levantadas a guisa de costal. Y no dejó de hacerlo ni cuando uno de ellos le dio un guantón que la lanzó contra la pared.
Mientras los atacantes mantenían a raya a los atemorizados soldados, Cecilia corrió hasta el improvisado calabozo en la planta alta y liberó a los presos.
[Pascuala] A golpe tendido, encabezó la marcha de las mujeres que habían subido en la grupa del caballo a sus hombres: sus maridos, sus hermanos, sus hijos... y a otras mujeres que, con una sola carcajada, se perdieron en la noche más allá de las llamas del cuartel realista.
| País mío no existes sólo eres una mala silueta mía una palabra que le creí al enemigo
antes creía que solamente eras muy chico que no alcanzabas a tener de una vez Norte y Sur pero ahora sé que no existes y que además parece que nadie te necesita no se oye hablar a ninguna madre de ti
Ello me alegra porque prueba que me inventé un país aunque me deba entonces a los manicomios soy pues un diocesillo a tu costa (Quiero decir: por expatriado yo tú eres ex patria)
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Entre los indios del alto Orinoco, quien muere pierde su nombre. Ellos comen sus cenizas, mezcladas con sopa de plátano o vino de maíz, y después de esa ceremonia ya nadie nombra nunca más al muerto que en otros cuerpos, con otros nombres, anda, desea y dice.
Eduardo Galeano, ESPEJOS.
Las heridas de los 99 azotes que recibió por todo su cuerpo no se han cicatrizado aún, y el terror de ser apedreada le corta, nos corta, la respiración. Aun hay vida en su cuerpo y algún destello de esperanza en su corazón, de que la presión internacional y la piedad de sus verdugos, le permitiera vivir para cuidar de sus hijos. Sakine Ashtiyani, iraní de 43 años, forma parte del grupo de nueve personas, mujeres y hombres, todos de la clase trabajadora, condenados a morir apedreados, acusados de delitos sexuales como adulterio, sodomía, la prostitución, o amar sin permiso de las autoridades religiosas.
Más que una exhibición de la falsa moralidad de los que tirarán la primera piedra, o un castigo ejemplar a una mujer que se ha atrevido a burlarse del totalitarismo de una teocracia que reglamenta hasta el último rincón de la vida privada de sus ciudadanos, dichos actos talibanianos, tienen el propósito de sembrar el terror y someter a la población, enseñarle dientes, ante una acreciente crisis de legitimidad que sufre.
A pesar de que en ninguna parte del Corán aparece la lapidación, este castigo preislámico cuenta con una macabra ceremonia, en la que hasta el tamaño de las piedras está estipulado para infligir el mayor dolor a las víctimas, en su 90% mujeres.
La peculiar inquisición que gobierna hoy Irán, si bien nunca fue una «república», hace tiempo que ha dejado de ser «islámica» para convertir a Irán en el segundo país del mundo en número de ejecuciones. No hay precedente para tanta crueldad en la milenaria cultura persa. El castigo a una mujer acusada de «atentar contra la honra de la familia» no ha sido más que la habladuría de los convecinos o el repudio del marido.
Sakine ha sido torturada y vejada durante interminables días en una celda en la que habrá garabateado con las uñas el nombre de sus seres queridos y sus últimos deseos. Algunas que la habitaron antes se suicidaron o murieron por infarto, queriendo privar a los verdugos el espectáculo, y aun así los guardianes de la moral lanzaron piedras contra sus cadáveres.
¡Cuánto es capaz un ser humano de remontar el dolor infinito y la pavura apoyado en un breve destello de esperanza! Estamos a tiempo, aún.
Firmar en la página de Amnistía: http://www.es.amnesty.org/actua/acciones/iran-lapidacion-mujer/
Celia del Palacio: Adictas a la insurgencia. 2010.