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Agencia SubVersiones 25 junio, 2019

Texto por Camila Plá Osorio.Fotografía por Regina López.

A cuatro meses del asesinato del compañero Samir no ha habido avances en la investigación del caso. Ante esto, la comunidad de Amilcingo, Morelos —de donde era originario Samir— convocó a sembrar un árbol por Samir en cualquier territorio. Esta reflexión trata del proceso de siembra que se llevó acabo ese día en la comunidad de Amilcingo.

Después del asesinato de Samir Flores Soberanes, el pueblo de Amilcingo sigue llorando su partida: sus palabras y espíritu siguen vivos recorriendo las calles de la comunidad. Las paredes del pueblo hablan, gritan para ser escuchadas; sobre ellas se pueden leer consignas en contra del Proyecto Integral Morelos, a favor del sistema de usos y costumbres o en defensa del territorio. Más de un Zapata observa al caminante desde las bardas del pueblo.

Frente a la Ayudantía Municipal hay una imagen de Samir sonriendo micrófono en mano, rodeado de flores. Ese fue el punto de reunión el día jueves 20 de junio. Se convocó a las 8 de la mañana, pero cada pueblo tiene su tiempo y modo, y en Amilcingo no se camina con prisa. Lentamente fue llegando la gente, cada quien con su árbol, listo para sembrarse. Quienes no pudieron acompañar el recorrido llevaron plantas y hubo quienes regresaron corriendo a sus casas para sacar nuevos brotes e injertarlos. Había tamarindos, framboyanes, limones, guayabos, árboles de Neem y gran variedad de especies. Algunos iban en cubetas, otros en cazuelas y unos cuantos recién comprados para la ocasión.

Poco a poco la ronchita de gente que llegó a tiempo se fue convirtiendo en una pequeña muchedumbre. Había integrantes de Radio Amiltzinko —que Samir ayudó a conformar—, las autoridades electas por usos y costumbres, padres y madres de la escuela que ahora lleva su nombre) niños, niñas y algunos visitantes.

Con una carretilla todos y todas nos encaminamos hacia la barranca. «Samir llevaba a los niños a sembrar a la barranca», me dice alguien. «Ese Zapata lo pintó Samir. Era muy bueno pintando», me explica otra persona. Al caminar se va uniendo más gente y la caravana parece fiesta; se sonríe, se hacen chistes.

En cierto punto nos detenemos: las risas se acallan para darle lugar a las palabras y recordar al compañero; solo los niños parecen sordos al silencio y a la tristeza, con la ingenuidad vital que los caracteriza. Siguen jugando con las palas, levantando tierra y cavando agujeros. Samir es resistencia, sigue vivo en cada paso y en cada sonrisa de Amilcingo, todo el mundo lo recuerda. «Ya fueron cuatro meses», dice alguien y todos y todas parecen sorprendidos. «Se siente como si hubiera sido ayer que estuvimos con él. Siempre sonriente». No deja de estar presente y en donde sea que uno camine, se le siente.

Quienes lo conocimos sabemos que Samir no era una persona de mal carácter, al contrario: a quien le pidiera ayuda, él se la daba gustoso. Sonreía constantemente y huía del protagonismo. «Aquí no hace falta que alguien esté al frente, la gente sale a la calle si hay necesidad. Pues es algo que en Amilcingo nos ha dejado esa memoria histórica, esa parte que, quizás, con razón o sin razón, con justificación o sin ella, nos hace saltar», me dijo él mismo hace un tiempo. Ahora, sin saberlo y sin esperarlo, Samir se ha convertido en un referente de lucha mundial, un referente de la vida y la justicia, precisamente a raíz de la misma injusticia que se lo llevó.

En las palabras que le dedicaron sus compañeros y compañeras antes de plantar los árboles que sembraron en su memoria, se escucha el sentir de un pueblo en duelo. Con su asesinato se ha declarado la guerra en contra de Amilcingo. Alguien quiso callar su lucha sin entender que no es de uno, es de todos y es por la vida. Es por la defensa de su territorio; para los pobladores de Amilcingo, esa tierra los habita tanto como ellos a ella, y seguirán defendiéndola.

Mientras siga vivo en la memoria, Samir seguirá vivo. Mientras Amilcingo resista, Samir seguirá vivo. Sigue vivo cada vez que se teje su memoria en las palabras que lo nombran: cuando se cuenta una anécdota, se recuerda una hazaña o se relata una aventura. Su nombre perdura en las pintas, en las fotos y, sobre todo, en los nuevos árboles que darán sombra y frutos al futuro y que fueron sembrados en su nombre. «Nunca lo vamos a olvidar, eso es imposible, repetían las voces».

En nahuatl hay resonancia entre las palabras sembrar y nombrar. Sembrar se dice toka y nombrar se dice itoka. Mientras se sembraba (toka) se contaban las historias y se nombraba a la persona (itoka). Se le daba vida y nombre al mismo tiempo.

El pueblo te sigue nombrando, compañero.

El pueblo te sigue sembrando.

Quien lucha por la vida nunca muere.

Categoría: Las Armas de La Crítica
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