En su despedida el ex presidente estadounidense Barack Obama conmutó las penas de dos reos por causas políticas cuyas condenas habían generado gran rechazo internacional y dentro de Estados Unidos: el independentista portorriqueño Oscar López Rivera sometido por 35 años a una cárcel por levantar las mismas banderas de quienes quieren ver libre e independiente a la isla de Puerto Rico, antes llamada Borinkem y a la exsoldado Chelsea Manning, quien entregó cientos de miles de documentos clasificados a la organización WikiLeaks.

Oscar López Rivera ha sido parte de la lucha clandestina en favor de la independencia de Puerto Rico en 1976 como miembro de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional. En 1981 fue capturado por el FBI y condenado a 55 años, a pesar de haber estado en Vietnam. Luego le extendieron la sentencia a 70 años por un supuesto “intento de fuga”. 12 años pasó en aislamiento total. Para Estados Unidos no ha valido el Protocolo I de la Convención de Ginebra de 1949 para un prisionero de guerra, como es su caso, “no puede ser juzgado como un criminal común, mucho menos si la causa de tal procedimiento descansa en actos relacionados con su participación en una lucha anticolonial”.

A Oscar López Rivera además de su valor y generosidad con compatriotas presos, lo ha liberado la solidaridad de los pueblos.

La decisión de conmutar la pena del ex soldado Chelsea Manning por filtrar documentos militares a Wikileaks, es también el resultado de la fuerza mundial que ha cobado la denuncia de atrocidades militaristas de los ejércitos gringos y de la OTAN Ella ya cumplió parte importante de la pena por la que fue condenada y Obama opinó que la condena de 35 años de cárcel era “desproporcionada. Pero la libertad otorgada por Obama a Manning pone en entredicho el acoso que aún sufre Julian Assange, líder de WikiLeaks, quien es amenazado desde EE. UU. por hacer públicos los documentos que el entonces soldado Manning hizo llegar a su organización. Algunas fuentes plantean de su posible entrega voluntaria a autoridades norteamericanas, siempre que le respeten sus derechos civiles. Desde el cuarto que ocupa en la representación ecuatoriana ante el Reino Unido se ha convertido en una fuerza moral que denuncia documentadamente la actividad especulativa de las corporaciones norteamericanas, sus vínculos con el gobierno y los políticos de muchos países, así como la vigilancia global que ejercen en alianza con las grandes corporaciones de Internet.

Además, cuando estallaron las revelaciones del exanalista de inteligencia Edward Snowden, WikiLeaks y su abogada estuvieron entre los primeros en amplificar la estructura de espionaje Gran Hermano operada por la National Security Agency. Assange y Snowden, como Aaron Swartz, quien fue conducido al suicidio por la persecución del gobierno de Obama junto a las corporaciones de Internet por pretender compartir información científica producida con financiamiento público, son perseguidos políticos del imperio y los “perdones” de Obama, no los alcanzaron.

Otras víctimas conocidas de la clase dominante en Estados Unidos son la patriota cubano portorriqueña Ana Belén Montes —que informó a Cuba para prevenirla de agresiones militares estadounidenses—, el luchador por los derechos de los pueblos originarios Leonard Peltier y el activista afronorteamericano Mumia Abu Jamal, estos dos en situaciones precarias de salud que siguen esperando en las cárceles norteamericanas por la justicia tardía. El mundo honesto y humanitario está con ellos

Pero en este recuento no se puede olvidar a quienes llevan más de una década enclaustrados en la Bahía de Guantánamo, territorio cubano invadido por Estados Unidos, en una cárcel que Obama prometió cerrar. Son los prisioneros nunca juzgados de una “guerra contra el terror” desatada desde Washington DC que acumula millones de civiles heridos, muertos y desplazados en Afganistán e Iraq. No son menos ni menores las víctimas en cárceles fábrica y tumba estadounidenses donde se explota y ultraja a inmigrantes mexicanos, latinoamericanos, musulmanes y afroamericanos.

La historia racista y de terror de Estado sobre sus presos, perseguidos y deportados nos reta a más fuertes jornadas por su libertad y por su vida.