Entre las recientes producciones que lanza una plataforma de películas por internet, hay una  película de reciente factura (War Machine, 2017) con Brad Pitt, quien protagoniza a un carismático general norteamericano durante una de las (tantas) invasiones a Afganistán, en tiempos de Obama. La película, en tono caricaturesco, narra el ascenso y la caída del oficial quien es llamado a ganar una guerra que ya estaba perdida. ¿La razón? La misma película se encarga de demostrarlo: Toda guerra de ocupación está condenada a la derrota. Así, la historia se desarrolla entre enemigos invisibles, la compra de líderes locales, masacres de civiles que se encuentran en el lugar equivocado, e informantes que atienden dócilmente al llamado del general ¿El resultado? La bochornosa y repentina salida del general para ser sustituido por otro oficial de rostro mal encarado, y pisadas sonoras que retumban por el corredor. Así termina la película, sugiriendo entre la burla y la crítica, una estrategia fallida por liberar a los países pobres de los tiranos que los gobiernan.


Esto hace recordar que, precisamente al llegar a su segundo mandato Barack Obama ofrecía “llevar a todo el mundo democracia y libre mercado”, una contradicción en los propios términos, pues todo poder económico termina por convertirse en el mayor obstáculo de la democracia cuando pasa del monopolio a la formación de oligarquías, y nada más peligroso para estos grupos consolidados en el poder que el ejercicio político de los pueblos expresado en la toma colectiva de decisiones y la repartición equitativa de riquezas. En términos más generales, y con la historia como hoja de ruta, podríamos entender que lo ofrecido por Obama era más bien sometimiento político y económico bajo las formas de tratados comerciales e intervenciones militares.

A lo largo de la historia se hacen evidentes dos tipos de contactos entre los pueblos: por alianzas y por conflictos. Comercio y guerra son las dos formas generales en las que las sociedades entran en contacto, aunque existen formas intermedias que simulan una alianza, y en realidad son una forma de sometimiento: las formas tributarias; y es a partir de la asimetría (tecnológica, política, demográfica, militar, etc.) entre estos pueblos, que se conforman y desarrollan tales contactos. Así, los Estados Unidos (EE.UU) se han caracterizado por las guerras de invasión, primero a las naciones originarias del territorio que ahora ocupan, después por los territorios mexicanos, y continuaron llevando guerras de ocupación a lo largo del siglo XX en el continente americano y asiático.

No obstante ese país también ha desarrollado planes y tratados de cooperación y comercio, donde EE.UU es el socio mayor, llevándose los mejores dividendos. Uno de los mejores ejemplos es el Tratado de Libre Comercio para América del Norte, que arrancó en 1994 con  Canadá, Estados Unidos y México, con la amenaza actual de terminarlo gracias a las decisiones de su actual presidente, y que pone en crisis a los sectores de importación y exportación mexicanos y canadienses. Otro ejemplo es el Plan Mérida que inició en 2008, con el objetivo de “apoyar a México en su lucha contra el crimen organizado”, mediante la transferencia de más de 2,300 millones de dólares, en equipo y entrenamiento, además de otros programas y actividades. Después de 10 años, la llegada de estos recursos han comprometido a los gobiernos locales y  federales a responder servilmente a las necesidades y mandatos del gobierno estadounidense.

Véase la visita anticipada de Trump a tierras mexicanas, incluso antes de ser presidente oficial, y el servilismo con el que fue tratado por el gobierno de Peña Nieto, con el silencio timorato que siguió a las exigencias de pagar un muro a construir en la frontera con nuestro país. La relación asimétrica en esta alianza entre países vecinos deja poco que esperar al pueblo mexicano.

Pero no todo contacto es sólo un negocio o sólo una guerra, sino más bien una mezcla de ambos, que resulta en una forma tributaria; y la función del actual presidente norteamericano es la de un comerciante de armamento, como lo hizo en mayo de 2017, al vender 110,000 millones de dólares a las monarquías árabes en Riad. Este estilo más básico y elemental de comerciar sin acuerdos, sin programas de cooperación, sin tanta diplomacia, yendo incluso a contrasentido de las tendencias macroeconómicas anteriores del mercado, sólo deja ver que los verdaderos dueños del capital han optado por algo menos costoso en política internacional, y apuestan por una nueva estrategia, pero con las mismas ganancias, o incluso mayores.

Al igual que en la película bufonesca, sale del teatro de la guerra un general carismático, para dar paso a uno bravucón que con pisadas fuertes llega al mismo escenario para administrar la derrota, masacrar a la población que dice querer salvar, colocarse en el tablero de la geopolítica que ellos mismos han creado, vender y comprar el armamento que aceita la maquinaria de un negocio global que se sostiene mediante saqueos disfrazados de acuerdos económicos, políticas injerencistas que hacen de los gobiernos locales marionetas para las trasnacionales y guerras devastadoras sostenidas con discursos infestados con las  palabras democracia y libertad.

Y al igual que en esa película, los pueblos sostienen a diario sus pequeñas grandes victorias: la resistencia, la autodeterminación, la defensa de lo propio, la rebeldía de seguir siendo ellos y mantenerse vivos, a pesar del inmenso aparato de guerra lanzado en su contra para sacar de sus territorios la ganancia que acumulan los grandes capitalistas como guardianes de la muerte.

Zarco

El capitalismo global en fase caníbal

Por Misión Verdad


 En 2017, el capital de las personas más ricas del planeta tuvo un aumento de 762 mil millones de dólares. Por otro lado, el 82% del crecimiento de la riqueza mundial fue a parar a manos del 1% de la población. Así lo reseñó Oxfam en su informe “Premiar el trabajo, no la riqueza”.

El año pasado también ha sido el de mayor incremento en el número de personas cuyas riquezas rebasan los mil millones de dólares, con un nuevo milmillonario cada dos días. Esto contrasta con otra realidad expuesta: la riqueza del 50% más pobre no aumentó lo más mínimo.

La Oxfam es una organización, que todos los años muestra los efectos de la desigualdad de ingresos y riquezas en la economía mundial, evidencia que la acumulación de riqueza poco tiene que ver con el talento o el esfuerzo. Según el informe, dos terceras partes de la riqueza de los milmillonarios tienen que ver con monopolios, herencias, relaciones de connivencia y evasión fiscal, mientras que la mitad de la población mundial vió estancados sus ingresos durante 2017.

Los “Papeles de Panamá” o “Papeles del Paraíso”, dan ejemplos sobre cómo se forja la riqueza en la etapa actual del capitalismo.

Estas dos filtraciones de documentos que comprometen a políticos y figuras públicas fueron financiadas con alevosía por ese 1% que controla el poder financiero para reducir el tema de la corrupción a simples acusaciones personales. Sin embargo, para los espectadores, esta muestra irrisoria de la porción que se deja de percibir por concepto de impuestos es suficiente para generar indignación colectiva: los súper ricos esconden al fisco al menos 7,6 billones de dólares.

En el informe pasado (”Una economía para el 99%”), Oxfam dijo que ocho personas tenían la misma riqueza que la mitad de la población mundial, luego esa lista fue modificada al revisar los datos, para quedar en 61. Esa cifra queda hoy reducida a 42 personas que, actualmente, poseen la misma cantidad de dinero que los 3 mil 700 millones de personas más pobres. A pesar de los flacos intentos de líderes mundiales por reducir la brecha de desigualdad, esta se ha abierto aceleradamente los últimos 25 años.

La máquina de propaganda capitalista ensalza las bondades de las medidas neoliberales y mitifica el progreso de los países del primer mundo, pero el saldo de miseria deja un rastro obvio. “El boom de los multimillonarios no es signo de una economía próspera, sino un síntoma del fracaso del sistema económico”, afirmó la directora de Oxfam, Winnie Byanyima.

El tener un trabajo  (empleo) tampoco revierte esos márgenes de exclusión. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que casi la tercera parte de la población que trabaja en países emergentes vive en la pobreza, tendencia que va en aumento. Además calcula que para 2016, 40 millones de personas trabajaban como esclavos, la mitad de ellas en trabajos forzosos. En la actualidad hay más esclavos que en cualquier otro momento de la historia de la humanidad.

El caso del contrabando de personas en Libia, difundido por CNN (la cadena de televisión que en 2011, lideró el grupo de mercenarios informativos que promovió la caída del gobierno de Gadafi y su posterior asesinato) es un ejemplo de la dinámica funcional a la acumulación de capital para la oligarquía global reseñada por Oxfam. Luego de aplicar métodos de guerra no convencional para deshacerse de un país con un Estado soberano, queda libre para que las corporaciones se apoderen de recursos y fuerza de trabajo en medio de un territorio fragmentado por el caos producto de la intervención occidental.
Los informes de la Oxfam son apenas un tímido alzamiento de voz ante el desastre social que las élites mundiales han dejado a su paso, en la carrera por garantizar todos los espacios de poder que puedan en estos nuevos ajustes que la crisis capitalista está generando.